¿Es que no te cansas de volar por mis pensamientos? Ya no sé como pensarte, no tengo nada nuevo que imaginar. ¿Y tú, en que piensas? Yo ni siquiera sé volar; me quedé soñando contigo el día en que las hadas pretendían enseñarme.
Si te tuviera a mi lado seguirías estando lejos, muy lejos. Tal vez porque olvidaste tu corazón en alguna parte, sea donde sea, pero bien lejos de mí. ¿Quién lo tendrá ahora? Cualquiera puede coger algo tan frágil e ingenuo. Y tú, tú solo tenías que cuidarlo un poco. Pero aunque estés lejos, yo sigo donde estaba, como de costumbre, por si alguna vez te das cuenta de que dejaste tu corazón atrás. Si lo encuentras pregúntale de quien es, te dirá que es mío
He aprendido a esperar poco, a tener la esperanza justa. Me he dado cuenta de que se puede vivir con los ojos abiertos, sin soñar. Ahora la alegría me alegra de verdad y todo lo bueno que venga me llegará por sorpresa. Hoy he aprendido que tú no eras real.
Una vez más entramos por aquella puerta. Ni tú ni yo sabíamos las veces que habíamos entrado allí, pero ambos sentíamos en el cuerpo una premonición de lo que en breves segundos iba a ocurrir. Cada vez que tomábamos un ascensor, ya fuese de mi casa o de un hotel, al igual que la cabina subía escalando los pisos del edificio, un fervor escalaba nuestros cuerpos y ninguno de los dos podía aguantar más que el tiempo que necesitaba la puerta para cerrarse antes de llevar al otro contra la pared para fundirlo en un beso. Y es que solo contigo he deseado vivir en un rascacielos. No había tregua para nuestras lenguas, que aprovechaban esa privacidad fugaz, esa sensación de estar volando, causada por el ascensor y por el roce del uno contra el otro, esos instantes mágicos que están casi prescritos en nuestras cabezas. Y es que solo contigo he deseado vivir en un ático. Por desgracia nuestro trayecto acaba rápido, las puertas vuelven a abrirse y nuestra pasión tiene que firmar la paz, aunque sea por unos minutos, para mostrar a quienes nos rodean una seriedad que en el fondo no tenemos, para esconder o disfrazar esas ganas irreprochables de seguir jugando con nuestros labios, independientes del tiempo y de lo que nos rodee.
Salí de casa cabizbajo, algo triste por lo que pasaba en mi loca cabeza. Acababa de darme cuenta de que, por mucho que lo intentara, no lograba recordar tus labios con claridad. Era difícil imaginar cómo había llegado a tal situación, pero ya hacía más de dos semanas que te habías marchado. Te habías marchado sin saber cuándo volveríamos a verlos; y es que la distancia es muy dura. Aún así seguía pensando aquellas locuras que te conducían a asegurar que yo no era de este planeta. Aún así seguía pensando que eras mi chica, que eras la que más podía llenarme ese órgano cóncavo e insaciable llamado corazón. Sabía que eran dulces, irresistiblemente dulces. Lo sabía porque los probaba siempre que te tenía cerca, y nunca me había negado a corroborar que tus besos son de caramelo. Sabía que eran suaves, tan suaves como el terciopelo, y más aún cuando jugabas a acariciar los míos, rozándolos con indudable delicadeza. También sabía que sentían una cierta atracción por los míos, o, si más no, se entretenían con ellos. Ambos podríamos contar los besos que hemos ido intercambiando uno con el otro, pero de sobras sabemos que no acabaríamos jamás. En resumen, lo que no sabía es que hacían en aquél momento. No podía saber si hablaban, si suspiraban, o si por mi gran desgracia besaban a otro. No podía mirarlos ni buscarlos con mi dedo índice para acariciarlos y eso me hacía decaer. No es que necesitara tus labios para amarte, pues bien sé que el amor no nace con un beso sino con algo mucho menos superficial, pero me hacía pensar que, muy a menudo, te volvías inalcanzable. Tú estabas más concienciada sobre ese tema que yo. Eras tú la primera en pensar que las cosas no iban a ser sencillas, pero pude demostrarte que si hacías un pequeño balance nos salía un resultado más que suficiente como para no romper ese lazo que si se pone empeño puede durar toda la vida. A ratos surgía en mí la duda más frustrante de todas. Pasaba por mi cabeza la posibilidad de que hubiéramos perdido la pasión, que parece ser el alimento del amor. Por suerte, algo irrevocable me devolvía a la tranquilidad de saber que no era así. Se notaba en mi respiración al verte, se notaba en tus pupilas cuando te besaba, se notaba en nuestros nervios cuando nos rozábamos y se nota siempre en nuestras miradas cuando nos recordamos que nos queremos… Sí, las cosas han cambiado, el tiempo pasa sin ningún reparo y deja sus estragos, pero no deja que nuestro amor se marchite porque sabe que una bonita flor en el jardín del mundo nunca viene mal cuando huele fresca y alegra la vista.
Salí de la puerta del tren algo nervioso. Sin razón, pero nervioso. Aun quedaba media hora para tu llegada, o al menos para la llegada esperada que anunciaban los letreros de la estación. Faltaba demasiado como para quedarme mirando el andén número 12… Decidí ir a por un café, era malo y no especialmente barato, pero me gustaba que al llegar y besarme dijeras que sabía a café. Tras tomármelo ya quedaba menos, pero el horario de la pantalla había cambiado y marcaba ahora un cuarto de hora de retraso. Volví a ponerme nervioso y no era precisamente por el café. Decidí entonces comprar los billetes para ir hasta mi casa, intentando ahorrar tiempo y poder salir de la estación en cuanto llegaras. Una vez comprados los dos billetes decidí quedarme de pie, frente a la escalera mecánica que subía desde la vía 12. Parecía que en la estación los minutos tuvieran más de sesenta segundos. Posaba mi mano sobre la barandilla de la escalera mecánica, que la hacía subir, y repetí el movimiento hasta que vi al primer pasajero de tu tren subir por las escaleras. Mis labios ya sonreían. Empezó a subir una hilera de gente bastante considerable pero para mí solo había una, y no la lograba encontrar. Por suerte, tú también mirabas y me encontraste primero, saludando con la mano antes de llegar a arriba. Por fin estabas allí, junto a mí. No quise esconder mi deseo de besar tus labios y pareció gustarte. Tras el beso y una mirada larga mientras me explicabas lo cansado que había sido el viaje tuvimos que tomar otro tren, la cual cosa no te hizo demasiada gracia. Por mi parte, prometí entretenerte y cuidarte, a lo que tú respondiste con una sonrisa y un beso espontáneo y eléctrico, casi inesperado. Nos esperaba un bonito fin de semana, y digo bonito porque sin quererlo pintas mi vida del color verde esperanza más bello que pueda escoger. En acabar el fin de semana acabó también el festival de amor entre nosotros, al menos por un tiempo. Tenías que volver a irte, pero mi vida necesitaba, como cualquier otra habitación, una mano de pintura tan pronto como pudiera; así que supe esperar y ayudarte a que esperaras hasta la próxima ocasión.
Aquella noche me entristecí al entrar. Sabía que dormías, lo supe al ver todas las luces apagadas, incluso la bella luz de tu sonrisa que me esperaba al llegar. Entonces, decidí no hacer ningun ruido, cerrando con delicadeza la puerta de la entrada y caminando hasta el comedor para deshacerme del abrigo. Me lo desabroche pensando en acostarme a tu vera, en mirarte antes a la cara con tus preciosos ojos, cerrados y tranquilos. Decidí quitarme también la ropa, para no tener que encender la luz del dormitorio y poder meterme en la cama junto a ti. Eso hice, caminando de puntillas y notando el frío del suelo bajo mis pies desnudos. Antes de abrir la cama, caminé hasta el otro lado de la cama, buscando mirarte antes de echarme a dormir. Encendí la mesilla de noche, puesto que la luz no podía molestar tu sueño, y te miré de cerca, respirando hondo y sonriendo. Inesperadamente, te frotaste los ojos y mi respiración se entrecortó; no quería despertarte. Por fortuna, tan solo quedó en eso, y la tranquilidad volvió a bañar tu cara, que no dejaba de mirar ni un segundo. Pasó el tiempo, escurridizo como siempre que lo invertía a tu lado, y decidí acostarme a tu lado, muy cerca de ti. No tardé en dormirme, exhausto por el trabajo y feliz de tenerte al lado. Mis ojos cedieron a la gravedad y acabé por dormirme, sin abrazarte por miedo a despertar a tal princesa. Al día siguiente me desperté con tus brazos alrededor de mi pecho, abrazándome como hubiese querido la noche anterior y es por eso que te desperté con aquel beso largo y tierno.
Aquella puerta era nueva para ambos, por eso sonreíamos de aquella manera mientras hacía girar la llave. Mi mano apretó a la tuya, que entrelazaba cada uno de mis dedos mientras se oía chirriar levemente la puerta al abrirse. No miré al interior, preferí mirarte a ti que guardabas la mitad de la importancia de todo lo que aquella puerta protegía. Tu sonrisa hipnotizante hizo que el tiempo se deslizase por unos instantes, hasta que con simpatía me recordaste que sería mejor entrar ahí dentro. Ante nosotros, un piso pequeño y acogedor, que sería el único confidente de nuestro amor durante largo tiempo, nos esperaba. Quedaban miles de cosas por hacer, arreglos y cambios que realizar, pero antes de todo aquello decidimos compartir, una vez más, una cama estrecha y pasar en ella el resto del día, riéndonos del tiempo que ya nada importaba si juntos estábamos para siempre.
Recuerdo cuando corrí aquella fina cortina de bisutería que daba al mar, haciendo que llegara hasta mí la salada brisa del azul mojado. La playa estaba vacía, sin tener en cuenta a sirenas ni grandes peces que nadaran bajo las olas. Ante aquella situación no quise perder la oportunidad de tener una velada agradable, sentado junto a dos importantes damas: doña Soledad y la señorita Nostalgia. La compañía fue inmejorable, complementada por el susurro del mar que aportaba sus comentarios a nuestra charla y la textura de la arena harineada que se colaba dentro de mis zapatillas. El tiempo pasó ágil, sin pararse a avisarme que las horas se consumían sin que fuera consciente de ello, tal vez por miedo a interrumpir la conversación que mantenía con mis gratas amigas. Hablamos de nuestra relación, casi sumisa entre unos y otros, e incluso concertamos otra cita, para un futuro no muy lejano, para volver a sentir lo que solo puede sentirse con ellas. Finalmente, marché a la par que el sol abandonó aquel morado cielo para llegar a casa antes de que lo hiciera la dueña de mi corazón.
Al entrar tras aquella puerta solo supe sonreir; y es que respiraba aquél aroma que cualquier hogar puede hacer sonreir a su dueño, ese aroma que hace olvidar tus penas. Me desabroche el abrigo sin perder tiempo, a sabiendas que una dama me esperaba tumbada en el sofa. Al llegar al salón busqué con mi mirada a quien quería ver, haciendo que nuestras miradas se encontraran y, sin duda alguna, se fundieran en eso que yo catalogaría como amor. No supe apartar la mirada, puesto que era lo más bello que pudieran ver mis ojos; pero sí que decidí acercarme para que mis manos pudieran demostrar lo mucho que la apreciaban. Mis labios no iban a ser menos: buscaban a los tuyos para susurrarles esa dependencia tan sublime que sentían por ellos. No tardo en descifrar mi mirada, y tal vez fuera por eso que suelen llamar "media naranja", pero finalmente nuestros cuerpos abandonaron las distancias y demostraron que, sin esfuerzo alguno, encajaban perfectamente.
A partir de ese momento, no sería cortés contar lo que un enamorado puede ofrecer a tal princesa cuando se tiene la intimidad y la pasión que solo el amor puede ofrecer, pero sacando conclusiones solo puedo pensar que sería la única puerta que no me importaría cerrar con llave, aun sin saber lo que podría esperarme detrás.
|